Históricamente, la dicotomía medicina-odontología, desembocó en la enseñanza de la medicina para “un hombre sin boca” y en la enseñanza de la odontología para “una boca sin hombre”.

 La boca es el propileo que determina el interior y el exterior del Templo, siendo los dientes la columnata a través de la cual se accede al mismo y por donde captamos información del mundo exterior; la respiración nos conecta con el cielo y la masticación con la tierra, duplicidad que instaura conexiones emocionales a nivel cerebral. Como médicos atendemos a la boca en relación plena con el cuerpo en su integridad, ya que los problemas que se plasman en la cavidad bucal son el reflejo de aquello que no esta siendo correctamente vivido en nuestra conciencia.   ” Mis encías sangran, cuando mi alma llora “.

Nuestro objetivo como médicos no es solamente atender, sino también entender que es lo que está pasando en nuestra boca, interpretar las conexiones con el resto del cuerpo no solo en los aspectos normofuncionales, sino también, en los energéticos y espirituales, recordemos que el cuerpo es solo la cobertura externa del hombre, “su vestido”. Eliminar una amalgama contaminante y filtrada es importante pero no nos quedemos aquí y sigamos investigando el por qué un simple trozo de metal plateado nos puede estar destrozando la vida.

Los dientes son el órgano anatómico mas duro de nuestro cuerpo, pero a la vez están vivos y sienten, no son clavos incrustados en nuestros maxilares, (inertes y sin sentimientos), según la filosofía tradicional, representan nuestro mundo interno, son una herencia adquirida del Reino Animal arraigada en nuestro cerebro reptiliano como símbolo de defensa y conquista, sirven para morder, para desgarrar, para intimidar y una patología en ellos puede indicarnos dificultad para defenderse ante la vida.

Son la parte más dura del cuerpo y a la vez estructuras muy receptivas a la luz, su color anacarado sensualiza el rojo carmesí de los labios y le dan soporte para que estos recojan la información durante el beso. Son neuronas externas, finísimos receptores de posición, presión y dolor, que informan al cerebro de la ubicación de la cabeza en el espacio, siendo por tanto un compensador del equilibrio postural. Son también las teclas donde la lengua y los labios se apoyan para permitir la comunicación oral. Permiten la correcta distribución del bolo alimenticio contra las mucosas para de esta forma poder saborear los alimentos y que se nos haga la boca agua.

Se les relaciona durante la masticación con la trituración de la información y con las circunstancias nuevas que deben ser asimiladas posteriormente, si masticamos deprisa no somos capaces de meditar, solo engullimos, si masticamos muy lentamente nos estamos quedando atrás, sin motivación, sin energía.

Son el engranaje que estabiliza y da oclusión a nuestra mandíbula, a “nuestras acciones” Además intervienen en la deglución, la respiración, la succión, la protección, la expresión anímica, el afecto, el amor, y nos recuerdan constantemente que somos animales, (nuestra agresividad) y que gracias a ellos hemos sobrevivido y evolucionado; ¿qué hubiera sido del hombre primitivo, con una boca sin dientes?

Están colocados en dos huesos de nuestro cuerpo que se articulan entre ellos mediante una articulación, la temporomandibular, única y diferente del resto de las articulaciones de nuestro organismo. La empezamos a utilizar desde que estamos en el vientre materno, y es la última que tiene movimiento antes de nuestra partida.

Cuídalos, te acompañarán toda la vida.